Seas quien seas, lo siento. Mis
palabras con toda seguridad serán tu fin. Siento ser tu verdugo.
Soy un verdugo. Uno más de los
millones de culpables que durante siglos y siglos han condenado a
nuestra especie a una existencia sin futuro.
No lo sabía, ni por asomo pensé que
mis pensamientos, mis propias dudas y sentimientos más torcidos
serían mi mayor temor.
¿Estoy loco? Es más que posible que
me consideres como tal desde la dulce necedad. No se si sentir
envidia o pena por ti,ya no se que sentir por miedo a darle fuerza
a eso, eso que mora entre la frontera de lo real y lo absurdamente
demencial de lo onírico(o al menos mi mente quiere creer que existe
tal barrera).
Nunca fui lo que la moral de los necios
considera un buen hombre. Nunca he dañado físicamente a nadie,no
tanto por principios éticos sino por la fragilidad de mi cuerpo tras
años de excesos.
Podría acusar de todas mis adicciones
a mi pasado, mi familia o amistades. La verdad es que lo hacía
porque me gustaba, yo mismo renuncié a toda forma de ayuda con tal
de paladear todas esas sensaciones eufóricas o sedantes. No me
colocaba ya por experimentar, más bien era una forma de acercarme a
un mundo que me resultaba mucho más real y novedoso. Como aquel que
vuelve a casa tras cruzar una calle fría y húmeda en un día
lluvioso y oscuro de Noviembre. El abrazo de los narcóticos, de los
estimulantes y demás portales químicos a mi “hogar” era lo
mejor del día y siempre he sido una persona hogareña.
Durante mis constantes viajes entre lo
común y lo que empecé a llamar la Verdad, no solía ser consciente
de los nuevos estímulos, las nuevas sensaciones de forma separada;
más bien era una amalgama imposible de dividir de forma concisa. Un
trayecto entre mis miedos más profundos y mis placeres más
excitantes, tanto aquellos que conocía y sentí alguna vez como los
más oscuros y realmente retorcidos, esos que te hacen sentir asco
por el mero hecho de solo imaginarlos. Luego estaban los otros,
aquellos que ni siquiera sabía que se pudieran concebir por una
mente lógica y sana.
Estos últimos son sin duda alguna los
más atractivos. No tanto por ser perversos(algunos se podrían
tildar como tales) sino por mostrarse poco a poco, sutiles pero con
un poder de interés fuera de lo normal. Eran como descubrirse poco a
poco a uno mismo,miento, realmente es más parecido a descubrir que
no eres más que una sombra de algo infinitamente más grande.
Ahí radica el error, no somos ni por
asomo alguno más grandes que lo que realmente somos, somos solo unas
criaturas totalmente ajenas a su suicidio y al enorme genocidio que
hemos ido gestando durante los siglos que llevamos en este mundo
condenado no solo a desaparecer, también destinado a ser la primera
célula de infección que terminará con todo lo vivo que mora en el
vasto universo que jamás conoceremos. Somos la mayor condenación
para la vida.
¿Que es lo que se? Algo que para tu
infinita desgracia vas a descubrir, lo siento, lo siento de veras
pero mis manos ya no son solo mías,son las de muchos.
Mi revelación oscura empezó tras un
viaje con psicotrópicos. No era la primera vez que acudía a ellos
para encontrar la Verdad y supuse en ese instante de paz estúpida
que no sería el último.
Imágenes distorsionadas por formas
oscilantes y colores cambiantes se arremolinaban de forma aleatoria.
La sucia pared de mi apartamento barato pasaba de las crepitantes
espirales iridiscentes a los húmedos y palpitantes deseos carnales
en formas claramente genitales .Tras esto sentía como mi cuerpo se
ampliaba, como si cada átomo de mi ser decidiera mover un poco a los
otros que tenía al lado. Mi forma física se expandía como
queriendo acaparar un nuevo espacio,solo para volver a su posición
inicial un instante después. En medio de este sinsentido y por
primera vez pude oírlo.
No era una voz, no se emitió palabra
alguna, más bien era un impulso, una atracción como ninguna otra
que sintiera antes y he sentido muchas cosas en esta corta y
desaprovechada vida.
La sensación no era dulce ni
desagradable, se parecía más a un delicado punto intermedio.
Como el instante exacto entre el dolor
que sentía al inyectarme y el comienzo de la paz de la heroína.
Esa pulsión me impelía a ir hacia el
baño de mi destartalado apartamento. Obedecí sin mostrar oposición
alguna, deseando saber que iba a ver o escuchar en ese lugar ahora
seguramente más interesante que la pequeña habitación con azulejos
infestada de cucarachas.
Giré el pomo con suavidad esperando
sentir el frío tacto del aluminio gastado. Cerré los ojos buscando
abiertamente un poco de sorpresa ante lo que me esperaba. El momento
en que los abrí justo después de cruzar la puerta debió ser el
momento de mi muerte, al menos si quisiera una muerte feliz y en paz.
No lo fue.
Ante mis ojos vi una enorme bóveda
oscura de paredes pulidas y planas. Tenían la tonalidad metálica
del cromo y de las mismas se reflejaban pequeños destellos irisados
, los mismos que podemos ver al mezclarse el agua con la gasolina.
El techo parecía reflejar esos brillos
como si fuera un gran espejo que ampliara la poca luz arco iris de
los destellos. La oscuridad era total pero podía intuír una figura
central. Una circunferencia de granito o al menos de algún material
que se le asemejaba rodeaba a un inmenso pozo a un vacío
interminable. Al fondo del mismo se discernía una luz cálida, casi
roja.
No tardé mucho en ver ladeando ese
abismo una escalera de color hueso que serpenteaba hacia abajo.
Debería haberme parado, pensar que todo era un sueño químico
inducido por aquella sustancia; esperar a que pasara el efecto y con
suerte amanecer encharcado en sudor frío en mi vieja cama. Pero esa
presencia, esa sensación llamaba con una fuerza que la hacía
imposible de obviar. Era la llamada de un padre a sus hijos, la de
una amante esperando a su pareja para disfrutar de los mayores
placeres que un cuerpo puede ofrecer. Era todo eso multiplicado por
mil.
No tuve elección y si la tuve la desaproveché en el mismo
momento que mi mano derecha agarró el primer tramo de la pasarela de
aquella escalera a lo desconocido. Bajé.